Juan García Única

El gato de Feijoo (I)

In política on 18 septiembre, 2015 at 12:39

Uno de los momentos que más irritan en una discusión se produce cuando alguien, para demostrar que tiene razón, acaba recurriendo al Diccionario de la Real Academia Española con la intención de hacerle ver a otro que se equivoca en el empleo que hace de tal o cual palabra, o directamente, lo cual es peor, para afirmarse en lo que defiende suponiendo que la Academia se pone de su parte y le da la razón al definir váyase a saber qué vocablo. Por mucho que a fuerza de hacer eso haya acabado pareciendo el demiurgo de la lengua, lo cierto es que el DRAE, que tiene otras cualidades, no se ha caracterizado nunca por una exquisita precisión conceptual. A la verdad, bastante avance ha sido ya el que poco a poco haya tratado de ir aproximándose a algo parecido a un diccionario de uso, donde el criterio para la definición de una palabra no pasa tanto por apoyarse en la mención de una autoridad cuanto por registrar los usos que de ella hace una comunidad de hablantes. No diría yo tanto como que las lenguas son organismos vivos, según reza un lugar común, pero como es evidente que quienes las hablan día a día sí suelen serlo, los significados, vamos a decirlo así, cambian y se modifican en función de por dónde van los tiros de los usos y costumbres de los animales humanos. Es por esa manía odiosa de tirar de DRAE, por cierto, por la que voy a dejarme llevar ahora.

La definición de la palabra empatía en la 22ª edición, del año 2001, según puede verse aquí no delata una gran polisemia. El artículo enmendado que se avanza de la 23ª (ya en la calle desde el año 2014, pero espero me disculpen, pues yo no la tengo, así que deben darle a la opción «Artículo enmendado») se ve obligado a precisar que la empatía es la identificación con algo y no sólo con alguien, pero también otra cosa mucho más sutil: la identificación, si se fijan, pasa a ser sentimiento de identificación. La identificación, por sí sola, bien puede ser el resultado de un proceso determinado por una casuística tan fría que ni fú ni fá. Yo mismo, pongamos por caso, no puedo ciertamente dejar de ser identificado como integrante de la comunidad de los mamíferos o de los humanos en el duro trance de la treintena, pues entretanto se complete mi proceso de vampirismo, que preveo no será antes de pasar la ya no tan lejana barrera de los cuarenta, seguiré siendo una cosa y la otra, es decir, el típico treintañero mamífero. Reconozco esa identidad por un proceso puramente mental, como dice el DRAE, pero el día en que al fin tenga carta libre para andar mordisqueando cuellos vírgenes, hábito que me será necesario de todo punto para ver paliada en parte mi futura crisis de la mediana edad, quizá la identificación mental con la comunidad de los vampiros y la de los cuarentones empiece a ser a su vez –como también dice el DRAE– afectiva con respecto a las garrapatas y los mosquitos, en la medida en que pueda exclamar, por vivirlo en mis carnes ya casi inertes: «¡Qué poco entienden los demás que los vampiros cuarentones necesitemos succionar una buena venilla de vez en cuando, tal cual los mosquitos y las garrapatas!». El sentimiento de identificación, por su parte, da a entender que la tendencia a la identificación no la construimos sino que está grabada genéticamente en nuestra naturaleza, porque se quiera o no seguimos siento románticos y lo seguimos siendo en dos sentidos: primero porque consideramos que lo natural es el sentimiento y lo artificial la razón (o porque consideramos que tal dicotomía existe, sin más); y segundo porque es el sentimiento lo que damos por hecho nos sublima y nos hace singulares frente a esa cosa tan maquinal que es la capacidad de razonar.

Nunca puedo dejar de acordarme del libro de Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas, en el que ésta cuenta cómo en la persecución de la perfecta sensibilidad romántica las damas más delicadas se tragaban una solitaria que les succionaba la vida misma a cambio de asegurarles una perfecta palidez*. Sea como fuere, no hace falta ser tan observador para darse cuenta de que la empatía se ha convertido de un tiempo a esta parte en un atributo de distinción social tan llamativo como la palidez de aquellas Rosauras y Teresas del Romanticismo, y que además tal sentimiento de identificación es tanto más fino cuanto más lo causa el sufrimiento, que no la alegría. Quiero pensar que las dos mascotas que señoreamos mi sufrida esposa y un servidor se parecen a este último, sobre todo, cuando dan saltos de a metro de puro contento sobre la alfombra del salón, como poco más o menos me ocurre a mí cuando el Madrid le gana al Barça (a veces sucede), pero no tengo tan claro que eso me granjee el aplauso de mis congéneres más bienintencionados, pues posiblemente también ellos se limiten a considerarme tonto y a callar piadosamente. Cuestión distinta sería que me dedicase a predicar por esos mundos cuánto siento como si fuera propio su sufrimiento (el mismo sufrimiento que procuro no padezcan, por otra parte), lo que automáticamente me pondría a salvo de esa maldita horda de seres inmundos y pendientes de evolución que pueblan el planeta, a saber, de nuestros semejantes.

Y por ahora vamos servidos. En la próxima entrada se verá por qué el gato de Feijoo ha dado título también a ésta.

* Atención, futuros colegas vampiros: remozando un poco esto se vislumbra un importante un nicho de mercado.

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