Juan García Única

El gato de Feijoo (II)

In progreso on 19 septiembre, 2015 at 13:00

Pensaba el bueno de don Ramón Menéndez Pidal que la formulación más perfecta del espíritu castellano, y por ende de la nación española, había que buscarla en la poesía de los juglares, y de ahí que dedicase libros enteros como Poesía juglaresca y juglaresOrígenes de las literaturas románicas (más que «u» habría que poner la conjunción «y», pues los acabó reuniendo en un solo volumen) a tratar de establecer de qué modo los orígenes literarios de la patria habrían sido esencialmente juglarescos, que para él era como decir populares. De hecho, que Berceo se denominase a sí mismo juglar de Santo Domingo y trovador de la Virgen, pese a cultivar una poesía emparentada en muchos aspectos con la tradición mediolatina de la clerecía europea, constituía para Menéndez Pidal la prueba del atractivo irresistible de la juglaría española, que no podía sino contaminar e impregnar con su esencia hasta las poéticas de raíces más claramente panorámicas que se conocieron en tierra castellana.

Pero lo cierto es que el hecho de que Berceo se diga juglar no supone tanto una exaltación de esa fantasía nacionalista que con tantísima erudición fue construyendo durante su longeva vida don Ramón como una formulación de lo más reconocible del tópico de la humilitas cristiana, quizá en la misma estela y lógica no ya del Cantar de Mío Cid, sino de la imagen franciscana de los ioculatores Dei. Hablando de San Francisco de Asís, también las tradiciones en torno a su figura nos lo muestran dirigiéndose en Gubbio al frater lupus, y ha quedado como proverbial y digna de toda alabanza su amorosa equiparación a sus semejantes, los animales, de modo que es casi inevitable que haya quien quiera verlo hoy como un ilustre antecesor del animalismo. Tengo mis dudas de que con ello San Francisco quisiera tanto igualar a los animales con los hombres como rebajar a los hombres a la altura de los animales, pero no exactamente por desprecio de la humana condición o enaltecimiento de la bruta, sino porque como leemos en el Libro rebajarse es elevarse, toda vez que «cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido» (Lucas 18: 14). Dicho de otro modo, la única semejanza verdaderamente importante que hay de fondo es la que las «creaturas» guardan con respecto a su Creador.

Valga lo anterior como recordatorio de que las cosas, hasta las que nos parecen más nimias o extravagantes, están atravesadas por su propia lógica, su historia. Los que en la universidad actual intentamos aunque sea malvivir aspirando a plazas precarias, tenemos que aceptar que hemos de valer lo mismo para un roto que para un descosido. Si algo bueno puede sacarse de eso, un servidor considera que acaso sea el tener que vérselas en situaciones que obligan a pensar más allá del primer tópico que a uno le viene a la cabeza. Los que cito a continuación, aunque sólo constituyan una ínfima muestra, son todos ellos problemas que me han llevado a verme con el papelón encima de tener que explicarlos delante de una clase, donde limitarme a decir que todo ello es efecto del salvajismo y la ignorancia hubiera sido poco menos que insultar la inteligencia de mis alumnos: por qué en ciertas regiones de un país centroeuropeo, uno considerado entre los más refinados y civilizados del mundo, en Pascua muchos hombres se levantan una buena mañana y azotan a sus esposas e hijas con las ramas de sauce más frescas que hayan podido agenciarse; por qué tenía yo una vecina, como puede tenerla cualquiera, que se sabía especialmente favorecida por los milagros de la Virgen y, sobre todo, por qué tenía sentido que así lo pensase y que en Semana Santa le cantase sus saetas; cómo The Ramones iban estableciendo un orden en las cosas –aunque ellos probablemente pensasen que lo destruían– a partir de repetir machaconamente Hey! Ho! Let’s Go!; por qué la imagen de un mapamundi en el que la tierra es una T dentro de una O no era una imagen fallida del mundo, sino una que lo explicaba minuciosamente. Aun para poder escribir esto he tenido que interrumpir la redacción de un trabajo en el que no me he propuesto otra cosa que demostrar por qué lo más lógico posible desde una perspectiva letrada en el siglo XIII era razonar con todo detalle que las estrellas no se caerán del cielo el día del Juicio.

Ya, bueno, pero era el medieval siglo XIII, se me dirá, y hoy esas cosas nos dan risa. Sepan quienes anden pensando así que nada de lo que he mencionado en el párrafo anterior me ha llevado nunca más esfuerzo que explicar aunque sea muy por encima cómo, cuándo, por qué y a favor de qué y de quiénes surge ese concepto de razón universal (y «ayer pasó lo que verán en mi historia», diría yo como Bernal Díaz del Castillo) que no sabe que le está llevando a decir y pensar eso, pues ya Umberto Eco nos recordaba, sin necesidad de irnos a ningún choque de civilizaciones, que sólo sin salir de Europa no es lo mismo la ratio de los escolásticos que la raison de los racionalistas franceses del XVII o que la raggione de los iluministas italianos o la Vernunft kantiana. Le leía esta misma mañana al antropólogo Manuel Delgado en su muro de Facebook que, en un mundo saturado de tertulianos, se puede decir que se está a favor o en contra de algo, pero preguntarse por qué pensamos lo que pensamos puede ser poco menos que una provocación.

Y como una provocación se me interpreta todos los años que en septiembre me posicione si no del todo a favor de la tauromaquia, sí en contra de los lugares comunes de la antitauromaquia (o todo lo más, aunque esto creo que lo digo en mal chino donde todos hablan buen latín, en contra de quienes se han propuesto como tarea «civilizar» a según qué pueblos que consideran entregados a un salvajismo gratuito, pues no ignoro que ese concepto de razón que tantas veces se esgrime que acabó con la esclavitud, que es en el que suelen ampararse los antitarurinos, sirvió también para legitimar la colonización del Congo). No niego que en parte me sitúo ahí porque soy un antianimalista confeso, pero a pesar de lo que creen algunas de las cabezas pensantes de ese movimiento, me gustaría recordar que la oposición a las fiestas de los toros, la conversión en salvajismo de un rito ciertamente hermético para quienes lo vemos desde fuera (es decir, para quienes no lo vivimos, porque el rito nunca es diversión gratuita, sino vivencia, o en todo caso porque la diversión misma puede ser deleznable pero nunca gratuita) no ha empezado ni mucho menos con el animalismo. De hecho, si José Bonaparte o Fernando VII instrumentalizaron descaradamente las fiestas de los toros, Isabel la Católica hizo que Torquemada, símbolo por excelencia de la España Negra a la que alude Ruth Toledano en el artículo arriba enlazado, promulgase en 1489 leyes furibundamente antitaurinas. Lo mismo puede decirse de Carlos IV, un ejemplar típico de esa estirpe borbónica a la que tanta cera le da la autora. De la conflictiva relación de las fiestas de los toros con el poder político y el Estado, instancias con las que guardan sus idas y venidas, sus alianzas y recelos, pero instancias al fin y al cabo que no han podido hasta la fecha terminar con ellas ni acabar de monopolizarlas, puede aprenderse algo leyendo De la muerte de un dios. La fiesta de los toros en el universo simbólico de la cultura popular (Barcelona, Bellaterra, 2014), del ya mencionado Manuel Delgado.

Confío en que el lector, si no tiene malicia, sepa distinguir entre el esfuerzo por explicarse las cosas y la opinión. Mi opinión sobre la abolición de la tauromaquia, dadas las susceptibilidades de todo tipo que sé que heriría, al no ser la esperable de alguien que ni es aficionado ni tiene la más mínima intención de acudir a una plaza, preferiría reservármela sabiendo, además, que importa poco porque no vale mucho. Hay cosas que no son siquiera opinables, como sucede, sin ir más lejos, con el asesinato. Quiere esto decir lisa y llanamente que asesinato no es lo que yo u otra persona opinemos que es, sino lo que como tal está tipificado y sancionado en el código penal. Hoy por hoy no, pero puede que algún día la lidia llegue a estar penada como asesinato en dicho código, pues de hecho observo que no faltan quienes así lo reclaman logrando poco a poco conquistar más y más espacios de influencia, de modo que el día en que se salgan con la suya dejaré de dar la tabarra con esto para descanso de mis amigos. Lo que va ahora es mi análisis, seguramente equivocado pero meditado: la abolición no es posible, en última instancia, más que como imposición de la fuerza. Y no me refiero a que antitaurinos y taurinos se organicen en comandos y la emprendan a balazos en la Vega de Tordesillas (cosa que espero no suceda, aunque a veces pasen cosas que se le acercan). Llegará la abolición tal vez encadenándose a un árbol, abrazando a un bovino llamado Lázaro o dejando caer papelillos con frases de Gandhi o Schopenhauer desde una avioneta, pero como en el más típico saloon del Oeste, desde la perspectiva antitaurina en este asunto dos no caben.

Entre otras cosas, porque la abolición sólo puede darse como desaparición de lo que para mucha gente es un modo de vida en absoluto gratuito, y en algunos casos supondría obligar a más de uno a afrontar ese problema nada menor que es quedarse en la ruina (hasta para los seres inmorales sigue siendo ése un problema, me temo). Nadie deja que le toquen lo que considera sagrado sin resistencia, como nadie deja de defender su pan; nadie se ve obligado a renunciar a ello sin que se lo arrebaten, lo que sólo puede hacerse por la fuerza, aunque la fuerza resida en la promulgación de unas leyes determinadas (mi opinión la daría si me emplease ahora en valorar la necesidad o no de tales leyes, cosa que en este momento me siento incapaz de hacer, la verdad). Hacerlo será deseable o no, pero no se suprime una tradición sin suprimir, de paso y puesto que no hay una sola que sea gratuita, ritos de gran arraigo en la cosmovisión de quienes viven dentro de ella. Ya sé, cómo no, que también las luchas de gladiadores podrían considerarse tradición y que en un momento dado dejaron de existir sin que el mundo se viniese abajo, pero quizá no esté de más poner una nota antipática por la cual se recuerde que un poco sí, un mundo sí que se vino abajo, dado que no fue ninguna evolución de la razón humana lo que las mandó al garete, sino en todo caso la desaparición de la civilizadora Roma.

Si es que realmente las luchas de gladiadores se fueron del todo al garete, pues no son precisamente pocas las prácticas relacionadas con la violencia hacia los animales y entre los propios humanos que conocemos en el seno de lo que llamamos cultura. Y si es que Roma desapareció, porque yo he escrito esto en la lengua en que lo he escrito, que es la misma que me servirá para aclarar en la próxima entrada –esta vez sí que sí– por qué el gato de Feijoo.

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